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Deseos

 



La noche es preciosa. Noche de primavera temprana, con ese frío justo que tensa la piel de la cara pero no cala los huesos de las rodillas.

Eso va pensando a modo de refuerzo positivo, así evita el miedo que le da ir por una calle desierta y húmeda. Miedo a atracos y resbalones. No sabría valorar qué le da más miedo. No lo quiere pensar.

Es una noche preciosa. Se repite a si mismo.

Le viene a la cabeza la idea de que el ambiente está pintado de color café. Se queda parado en medio de la calle y levanta la cara hacia la noche.

Siempre tiene ideas absurdas, lo sabe porque se lo han repetido unas cinco veces al día los últimos veintitrés años (bueno es una media ponderada; los números exactos los tiene anotados en casa), pero lo cierto es que es un placer disfrutarlas. Uno de los pocos placeres que le quedan en el mundo de mierda que siente que le rodea.

Así que de forma voluntaria se refocila en ella.

No es café de Colombia, ni de Etiopía, ni tan siquiera Blue Mountain Jamaicano.

La noche tiene color de crema de café de máquina, no Nespresso (eso tampoco); de máquina de bar italiano. Exacto. En su punto de suavidad. Con burbujas microscópicas que dejan espacio al aire, que lo oxigenan. Con el tono ocre requerido para un buen café.

Piensa que quizás sea una noche mágica. Pocas noches, o ninguna, recuerda con color a crema de café, con su textura.

Tiene que intentarlo. Aunque parezca un desvarío más.

Piensa un deseo y se lleva las dos manos a los bolsillos de la trenca de pana azul que compró cuando tuvo la absurda idea de que si vestía de azul toda una temporada el Español ganaría la liga. Una idea de tantas…

A tientas cierra los puños con lo que encuentra dentro de los bolsillos.

Es magia, ¿no?

Pues entonces dentro del puño izquierdo ha de tener el reloj del conejo blanco de Lewis Caroll, un reloj con el que siempre llegas tarde, pero llegas. En el derecho una lagartija que se parece a la presentadora de Teledeporte, y que cambia de piel dos veces al año. Es una lagartija especial, se hace las pestañas con rimel y cuando cambia de piel se parece a la presentadora de otra cadena, siempre de deportes.

Sigue parado, en medio de la calle. Sin miedo a atracadores o batacazos, necesita comprobar si la magia ha funcionado. Da siete pasos (han de ser siete, exactos, porque es un número mágico y seguro que así no fallará nada) y se coloca bajo la farola de forja que inunda con café la calle.

Saca los puños cerrados y extiende los brazos ante él.

Le viene otra idea absurda a la cabeza.

Y si la lámpara de forja que le ilumina en la esquina, con luz de café, fuera un lámpara mágica… ¿habría elegido bien sus deseos? Este tipo de cosas o no pasan nunca, o quizás, si ocurren, es una vez en la vida. Un reloj para llegar siempre, aunque sea tarde; y una lagartija mutante…

Tiempo y compañía; y no en su mejor versión. Dice, como para aclararse a si mismo.

Medita. El mundo, su mundo, no da para más. No se puede ser muy exigente si se pretende ser feliz. Así que parece una buena elección. Sí.

Da la vuelta a sus muñecas y empieza abriendo, tembloroso, la mano izquierda (en honor a aquello de que el poder para el pueblo y tal…). Obvio. No hay reloj del señor conejo de ningún país de las maravillas. Hay un smartphone última generación. Negro y plata. Cordón umbilical que le une, noche y día, con infinito número de aplicaciones y que en su caso particular ofrecen un severo saldo negativo de afectos.

Desanimado abre la otra mano.

Claro, de la lagartija con cara de tía buena ni rastro. Un pañuelo de papel lleno de mocos y disgustos, convertido en un harapo de contención de desgracias.

Mierda de magia. Dice.

Mira a la lámpara de los deseos que tiene sobre la cabeza. Quizás haya sido demasiado sutil con su necesidad de algo de magia, de algo de absurdo.

De repente la noche ya no es de café, y el frío parece calar un poco más hondo. Se siente como un chopo en otoño: le han caído todas sus ideas absurdas al suelo y es un ser racional más. Seguramente, igual de racional que el que le vaya a asaltar en la siguiente esquina, o como su compañero de trabajo, o como el concejal de lo que elijas, o como el funcionario del INSS…

Ata cabos.

Coge el móvil 5G y lo lanza contra la lámpara de cafeína.

Puta lámpara de los deseos. Dice.

Él no sabe que cuando uno no es absurdo lo que le rodea es todo realidad. La que te toca, la que te come, la que te duele.

Los cristales de la lámpara le caen sobre la cara. En otro momento habría pensado que se trata de una nube de purpurina mágica, pero coño, en la vida real los cristales cortan.

Suerte que tiene a mano su pañuelo, lleno de mocos, con el que limpiarse las heridas.

Mientras se cura, en su cara se dibuja una mueca que podría parecer una sonrisa (bueno, una sonrisa de muñeco diabólico). Quizás le vaya mejor en la vida siendo práctico. Piensa.

Consecuente, levanta la mano y grita: ¡Taxi!

Ni resbalones, ni asaltos, ni un poquito de magia con la que endulzar la vida.

Sólo realidad.