Es
una tarde de invierno y ha empezado a oscurecer. He salido del colegio y estoy
en casa del abuelo. Es posible que mamá haya ido a llevar a mi hermana a inglés
y me haya dejado con él mientras va y vuelve; yo como tengo seis años aún no
tengo edad de aprender inglés, eso dice. También es posible que me haya enfadado
con mamá, o con el universo, y le haya dicho que me iba de casa “para siempre”.
Vivir puerta con puerta con los abuelos en ese momento tiene grandes ventajas
para mí.
Estamos
en la única habitación interior que tiene su casa y que según el abuelo es la
mejor por ser fresca y seca. A mí esas dos condiciones me parecen
contradictorias, pero como soy pequeña quizás no lo entiendo. En el centro de
la habitación ha colocado una tabla de madera conglomerada sobre dos caballetes
herrumbrosos, uno cojea y para nivelarlos les ha puesto, bajo de una pata, una
cuña hecha con un corcho de botella cortado. No hay más muebles.
Yo
estoy de rodillas sobre el asiento de la silla que me ha traído del comedor,
apoyada con los codos sobre el tablero. Como la madera del tablero no está
barnizada a veces me raspo, sobre todo con el canto. Intento tener cuidado para
que no se me enganche el suéter del uniforme del colegio, con las prisas no me
he cambiado. El abuelo está de pie, a mi izquierda, en otro de los lados del
tablero, con su batín azul de felpa.
Sobre
la mesa hay varios cuadrados de papel de estraza, cuidadosamente cortados con
tijera, y sobre los cuadrados, están las plantas secando. El abuelo me las va
señalando:
—Mira, para el insomnio o
los nervios, para la neurastenia, tenemos pétalos de amapola, menta, verbena,
orégano y espino. Incluso la lechuga asada es buena, esa que no te gusta nada.
Él
le va dando la vuelta a las hierbas, para comprobar si secan bien, y va
cortando, con unas tijeras ennegrecidas y diminutas en comparación con sus
dedos recios, las hojas y ramitas que se pudren y no secan. Yo con el dedo
corazón rozo suavemente los pétalos de amapola secos mientras repito la palabra
neurastenia que el abuelo ha dicho con mucho énfasis (yo no la conozco y me
suena a muerte inminente). Los pétalos de amapola aún son rojos, aunque
desvaídos. Conservan la suavidad delicada de la flor viva. Es como tocar papel
de seda.
—Muchas plantas sirven
para distintas cosas. Para los vértigos es buena la melisa, el espliego, la
salvia, el espino, la menta, el anís y el orégano. La tía Amparo tiene
vértigos, todo esto es bueno.
Yo
no tengo ni idea de qué son los vértigos, pero estoy fascinada con la flor de
anís, aun tierna, que explota como hacen los castillos artificiales en un
racimo de pequeñas flores blancas. El abuelo se da cuenta de mi interés y me da
una flor. La huelo y él me enseña: «Mejor
cógela entre los dedos pulgar e índice y frótala, ahora huélete los dedos». Lo hago y un penetrante olor a
monte me invade. El abuelo se ríe. «Huele
al pueblo ¿verdad?», y yo
asiento y sonrío.
El
abuelo deja las tijeras sobre la mesa, en el lado opuesto a donde yo estoy, y
sale un momento de la habitación, mientras, yo sigo acariciando flores y ramas
para después olerme los dedos. Sigo repitiendo en voz baja la palabra
neurastenia, no quiero que se me olvide. De fondo se oye la máquina de coser de
la abuela y la radio, cómo no, con el consultorio de la señorita Francis.
El
abuelo vuelve a entrar en la habitación con un libro que a mi me parece
gigante. No he visto nunca uno igual.
—Es necesario que sepas
que hay plantas que son venenosas. No debes tocarlas y menos chuparlas o comerlas.
Jamás. ¿Estamos?
Y
mientras yo asiento, él abre el libro:
—Fíjate bien en estas
fotos, todas son venenosas, y no quiero que las toques.
El
libro gigante tiene fotografías a todo color. Intrigada acerco el cuerpo hacia
él y mi abuelo lo cierra de repente, lo deja sobre la mesa y sonriendo me
pregunta «¿Has merendado?». Como siempre, haya merendado o
no, le digo que no, porque sé lo que me espera. «Pues vamos a hacer dos vasos de malta». Se levanta y se marcha a la
cocina donde le oigo trajinar con los cacharros. Mientras espero, sin atreverme
a abrir el libro, siento el dolor de las rodillas sobre las que estoy apoyada
todo el rato. La silla no tiene el asiento tapizado, es una tabla de madera del
mismo color marrón oscuro que toda la silla, y decido sentarme mientras espero
que vuelva con la merienda. Sentada mis ojos quedan a la misma altura que el
tablero. Levanto la mirada hacia la bombilla de luz amarilla que cuelga del
techo, justo sobre la mesa, y veo miles de partículas en suspensión, una mezcla
de polvo y restos de las plantas y hierbas secas que estamos removiendo. La
imagen me hipnotiza, es como si estuviera dentro de un caleidoscopio del tamaño
de una habitación. No puedo dejar de mirar y empiezo a notar el olor de la
malta hervida, es un momento de felicidad.
Cuando
el abuelo entra con los dos vasos me vuelvo a poner de rodillas sobre la silla,
noto que el vaso quema y lo dejo a un lado mientras enfría, y le pido seguir
con las plantas venenosas. Y tóxicas, añade
él abriendo el libro. Neurastenia, repaso yo, y asiento.
—Mira, algunas las
conoces: el helecho común, la hiedra, la adelfa que en Valencia hay por todas
partes, pero fíjate bien en todas estas.
Y
mientras yo voy dando sorbos a la malta, él me va señalando, con sus manos
morenas que avanzan leves manchas de edad, las fotografías que debo recordar:
el tejo, la sabina rastrera, el acebo, la periplora, el boj, la madreselva, el
durillo…Poco a poco voy perdiendo concentración y el mundo de las plantas me
empieza a parecer altamente peligroso. Él se ríe y dice que ya tendré tiempo de
aprender, y empieza a tomarse su malta, conmigo, en silencio.
