Insectos, bichos y silencio. Esa es mi carta de presentación. La explicación puede resultar muy breve ya que, en esencia, mi diagnóstico no abulta más que tres frases en un informe de alta hospitalaria: “Vibración de cuerdas vocales superior a los 25 Khz. Sin relevancia para el aparato fonador. Control por médico de cabecera.” Cómo he llegado a ese diagnóstico, eso sí que es largo de contar. Y aún puedo dar gracias al azar y a la bruja que me echó las cartas en la fiesta de fin de curso de la facultad, que aguantando estoicamente el corretear de los escarabajos azules, cada vez más abundantes, entre sus cartas y bolas de cristal, sacó la carta del sanador y me recomendó ir al médico. “Tu problema no es de mala suerte, ve al médico, al de la garganta, cielo”. Eso me dijo, y a partir de ese momento he sido consciente de mi tara. Mi puta tara. Toda la vida pensando que era una desgraciada, una gafe de la fauna, porque a donde iba se llenaba todo de bicho...